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¿Qué importancia tienen las normas para la educación de los niños?

Las normas son aquellas reglas que se deben seguir a la hora de realizar actividades, conductas, tareas… y que ayudan a entender el funcionamiento de algo. ¿Pero, qué importancia tienen?

Podemos empezar por preguntárnoslo como adultos. Las normas aportan información importante y mantienen un orden, pues además de enseñarnos aquellas cosas que podemos hacer, también nos informan de las que no y, a su vez, de las consecuencias que se derivan seguirlas o no. Por ejemplo, en una biblioteca sabemos que podemos coger libros para consultarlos, pero también que debemos colocarlos en el mismo lugar que donde los cogimos. A su vez, sabemos que no se puede hablar en voz alta o que no se puede fumar, pues esto conllevaría la expulsión del lugar. Así pues, las normas son una medida que se encarga de mantener un orden para que pueda haber un funcionamiento sano, fluído y beneficioso.

En el caso de los niños tenemos que añadir que, además de este objetivo, las normas sirven para ayudar al cerebro a configurar su sistema de recompensas y castigos, pues aunque no sea de forma explícita, las normas están implícitas en todos los aspectos de nuestra vida, incluso en las cosas más naturales.

Pongamos un uno de los ejemplos más ilustrativos de las leyes o normas de la naturaleza: el fuego. Un niño debe aprender que si lo toca, se quemará. Si se acerca, recibirá calor. Si le echa agua, lo apagará. Esto son “normas” o “leyes” que indican una causa y una consecuencia claras. Es por esto que los niños acostumbran a ser tan curiosos: acaban de llegar al mundo, un mundo que resulta totalmente nuevo y necesitan explorarlo para poder operar exitosamente en él, lo cuál en términos psicológicos no es otra cosa que descubrir las contingencias (causa-efecto) o leyes por las que se rige el entorno en el que viven.

En cuanto a las normas vistas desde un aspecto social, el objetivo es el mismo. La diferencia es que las normas sociales no son tan “implacables” como las naturales. Por ejemplo, si un niño le roba a escondidas la merienda a otro y no lo ven, la consecuencia (que sería una reprimenda o un castigo) no se presenta. Esto dificulta que el aprendizaje de dicha conducta se consolide cerebralmente, pues el niño entiende que no hay una relación fuerte causa-efecto entre robar y recibir una consecuencia negativa.

Imaginen cuánto tardaría un niño en aprender que el fuego es peligroso si algunas veces quemase y otras no lo hiciese. Es por eso que nuestra obligación como adultos es proporcionarle un entorno en el que las normas estén claras, sean consistentes y por supuesto que tengan acceso a ellas para poder actuar en función de las mismas. La infancia es el momento idóneo pues están en plena construcción mental de cómo funciona el mundo que los rodea, y tener unos marcos de referencia claros les da tranquilidad y certidumbre y les ayuda a tener una estructura bien formada de cómo funciona su entorno.

Cuando eso esté bien asegurado, se podrán ir introduciendo poco a poco las “excepciones de las reglas” y la explicación más compleja de cuándo se aplica esa excepción. Hasta entonces (y también después), las normas son uno de los mejores aliados para la crianza de nuestros hijos!

 

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