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Hoy queremos acercaros a la realidad del profesional durante el acompañamiento en el duelo relatando un caso clínico real. Uno de los mayores retos que enfrenta el psicólogo es partir de una situación irresoluble e increíblemente dolorosa: la pérdida de un ser querido. Ayudar a atravesar las fases que componen esta crisis vital es el objetivo principal de la terapia y, para ello, se debe incitar al paciente a hablar de la persona fallecida para que la pérdida sea procesada y asimilada evitando la aparición de patologías.

El relato que pasamos a exponeros es el de una mujer de 33 años que perdió a sus padres en un breve intervalo temporal (un año y cuatro meses entre ambos fallecimientos), por lo que concatenó un duelo no resuelto con la aparición de otro de intensidad similar.

 

Combinamos la terapia presencial con la terapia online, persiguiendo los siguientes objetivos:

Aceptación psicológica y emocional de la pérdida; trabajar el dolor emocional asociado a la pérdida; adaptación a la pérdida; recolocar emocionalmente a los fallecidos y la readaptación cotidiana (seguir viviendo).

Aunque conseguimos que la paciente fuera consciente de la importancia de la expresión emocional, la sensación de control, autoeficacia y autoestima se resentían, sintiéndose desvalida ante el mundo y hacia los demás.

En una de las sesiones, se le pidió que trajese fotografías de sus padres, y así lo hizo. Cuando abrimos el albúm, encontramos instantáneas de dos jóvenes enamorados realizando el Camino de Santiago, recorrido que la paciente siempre había deseado hacer.

Tras recobrar un nivel aceptable de equilibrio emocional, concluimos que sería interesante realizar esta aventura, no sólo como homenaje a esas personas tan queridas, tampoco exclusivamente para que se sintiera más cerca de ellos al compartir experiencias similares, sino principalmente para que incrementase la sensación de control y autoeficacia, se sintiera independiente y cesase el sentimiento de indefensión ante un mundo en el que sus principales apoyos ya no estaban para cuidarla.

Mientras durase el camino, las sesiones serían online, una vez cada dos días. El resultado fue espectacular… Os dejamos un extracto del email que nos envió cuando le pedimos que relatara su experiencia (gracias por compartirla con nosotros y con los lectores):

“Estaba perdida y encontré mi camino, que era distinto al de los otros peregrinos; cada quien llevaba en su mochila emociones, expectativas, retos… muy suyos, muy de su travesía. Quería revivir a mis padres, me los imaginaba en cada rincón (los sentía conmigo), pero al final me reconstruí a mí misma. A pesar del agotamiento, continuaba caminando; independientemente del cansancio, disfrutaba de las vistas; no me apetecía reír, pero conocí a gente con la que era inevitable, al menos, no sonreír; compartí mi dolor con personas que atravesaban el suyo y me uní a un grupo que me hizo sentir integrada, con lo que, poco a poco, empecé a hablar más de todo y de nada, comprendiendo lo importantes que son las nimiedades y lo relativas que son las desgracias; si no sabía, aprendía y me sentía útil; aunque me extraviaba, me encontraba, y en esas pérdidas recobré mi fortaleza; esa herida que nunca se cerrará, cada vez sangra menos, pero soy fuerte y seguiré haciendo mi camino…”

Los objetivos terapéuticos se cumplieron; y es que en terapia no sólo debemos aplicar los programas estructurados y las técnicas basadas en la evidencia, sino también ser creativos, profundizando en lo que el paciente necesita e integrándolo al propósito de la intervención.

 

“La felicidad no es un destino, es la actitud con la que se viaja por la vida” (anónimo)

Centro Codex Psicología