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Sentirse mal es inevitable; todos los seres humanos conocemos la tristeza, la frustración, la impotencia, etc. Además, existen situaciones vitales en las que no existe otra opción que atravesar el dolor, como es el caso de la pérdida de un ser querido. Por otro lado, los psicólogos contamos con estrategias para evitar que determinadas situaciones se conviertan en patológicas, por ejemplo: evitar que el duelo sea desadaptativo, que un ataque de ansiedad se convierta en un trastorno de pánico, que el estrés mantenido no acabe generando un trastorno de ansiedad generalizada, etc. También intervenimos cuando el trastorno está presente, utilizando el conocimiento científico en el tratamiento del malestar emocional.

Es frecuente que nuestros pacientes nos expresen: “nadie sabe que voy al psicólogo”. Sin duda, los psicólogos comprendemos que la decisión de contarlo o no, pertenece al ámbito privado del paciente, respetamos su decisión y apoyamos que, al igual que no se revelan indistintamente las dificultades cotidianas, tanto o más se querrá salvaguardar el propio estado de salud emocional.

Sin embargo, cuando preguntamos directamente al paciente por qué nadie sabe que acude al psicólogo, no suele utilizar el razonamiento expuesto previamente (“porque pertenece a mi intimidad”), sino que, en la mayoría de los casos, la respuesta suele enfocarse a: “¡Seguro que piensan que estoy loco/a!”. Y es que esta es la concepción que se tenía de la psicología en España: acudir al psicólogo = problemas = desequilibrio mental = mantenerlo en secreto. Lo paradójico del asunto reside en que, al igual que sucedió en otros países con mayor antelación, cada vez se normaliza más la necesidad de ayuda psicológica, encontrándonos con un aumento exponencial en el número de pacientes que son conscientes de la falsedad de estas asociaciones y, pese a ello, continúan creyendo que su entorno les juzgará severamente. Es entonces cuando el “secreto de acudir al psicólogo” se convierte en una tensión añadida a la terapia.

En este punto, es fundamental clarificar cuáles son los papeles del psicólogo y el cliente a lo largo de la terapia:

  • Equipo de investigación: Psicólogo-Paciente son colaboradores necesarios. El terapeuta precisa de una tipología de información que sólo puede ser aportada por el paciente, teniendo este último que investigar aspectos en los cuales no ha reparado y generan y/o mantienen el problema. Del resultado de la investigación dependerá el avance final del equipo. Esta actitud colaborada será clave a la hora de: determinar el problema (diagnosticar), intervenir (aplicar el tratamiento), valorar el proceso (cómo está afectando la intervención al paciente) y el mantenimiento (una vez finalizada la terapia). Se facilitará la indagación utilizando múltiples herramientas psicológicas: test, cuestionarios, autorregistros, etc.

 

  • Guía: una vez analizados los datos, el psicólogo (en base al conocimiento científico de la conducta humana) elabora una especie de “mapa mental” que deriva en la plasmación física (informe) posterior, explicándola al paciente, en términos claros y sencillos, cuáles han sido los resultados del análisis. A partir de entonces, se fijan los objetivos y se establecen las pautas de actuación, contando siempre con la opinión del cliente y respetando su propio ritmo.

 

  • Tratamientos basados en la evidencia: acotada la problemática, se aplican intervenciones basadas en la evidencia, es decir: aquellas técnicas o programas que han sido sometidas al método científico y han obtenido un porcentaje de éxito considerable en los diferentes estudios realizados con muestras representativas.

 

Es imprescindible que el paciente se implique en la terapia; que entienda que él es el protagonista, y nuestro trabajo es reorientar su conducta en pro de su bienestar. Al final, se trata de un trabajo que realiza, fundamentalmente, el cliente.A veces no sabe cuál es el problema, otras llega a terapia sabiéndolo pero desconoce qué estrategias utilizar para solucionarlo y, en la mayoría de los casos, redescubre problemáticas que no era consciente que existían…

No existe nada loco en tratar de solucionar el malestar emocional, buscando alternativas que corten el ciclo del sufrimiento. Los pacientes tienen miedo de la opinión de los demás, pero ¿qué pensarían ellos si fuese otro el que acudiese a terapia? que necesita ayuda, que se siente mal y que ojalá se recupere pronto. Es precisamente esa empatía humana la que hace que el sufrimiento no sea ajeno a (casi) ningún ser humano, por lo que cada vez más personas depositan su confianza en los psicólogos para redirigir su dolor.

Aguantar el malestar es cosa del pasado; la gente es pro-activa, se preocupa por su salud y busca ayuda; al igual que piden cita en el médico, acuden al psicólogo tratando de mejorar su estado de ánimo y así aprender estrategias que faciliten la mejoría y dificulten la recaída. Es probable que el paciente conozca a otras personas que acuden al psicólogo, pero lo desconoce… ese misterio tenso no tiene sentido cuando estamos hablando de salud psicológica; todos los seres humanos son vulnerables al dolor, al estrés, a la ansiedad… es fácil perder el control de lo que sucede tanto externa como internamente. No existe nada avergonzante en pedir ayuda para retomar el equilibrio psicoemocional: lo valiente es moverse, luchar y pelear por el bienestar. Desperdiciar energías interpretando que sería horrible que los demás se enterasen, sólo sirve para perder el tiempo. El 90% de la gente (coherente e inteligente) no lo pensaría y el 10% restante, no merece tanto desperdicio de energía… No se trata de airearlo, sino de aceptar que necesitar ayuda es algo natural.

Por último, destacar que la actuación de los psicólogos está mediada por el código deontológico, una compilación de normas de cumplida obligación que señaliza que la confidencialidad sólo puede ser traspasada en circunstancias extremadamente excepcionales y con previo aviso al paciente. Si el terapeuta no procede en base a esta normativa, el cliente tiene la posibilidad de denunciar al psicólogo en la sede colegial más cercana. Es tal la pulcritud de esta confidencialidad, que el psicólogo no debería saludar a los pacientes fuera de sesión, a no ser que sean los mismos quienes se dirijan a su terapeuta. Esta información ha de ser conocida por el paciente desde la primera sesión, creando un clima de apertura y confianza que despejará gran parte de las reticencias e incomodidades iniciales que se tienen cuando una persona se sienta delante de un extraño a exponer su vida personal. No es fácil pedir ayuda; la labor del psicólogo es apoyar esa valentía, guiar y aceptar incondicionalmente al paciente.

“Conozca todas las teorías, domine todas las técnicas, pero a la hora de tocar un alma humana, sea apenas otra alma humana” (Carl Gustav Jung).

 Centro Codex Psicología