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Cuando se lo indique, interrumpa la lectura de este artículo, piense en la palabra “Depresión” y durante un minuto observe sus imágenes mentales y ponga atención a sus pensamientos, a continuación, retome su lectura. Lo más probable es que se haya imaginado a un adulto deprimido, también puede haber aparecido algún/a adolescente y, aunque raramente, pudo haber visualizado a un niño tristón y desencantado. La cuestión es: ¿se ha imaginado usted a un bebé con depresión?

La mayoría de las personas recuerda su infancia con cierta ternura o tinte nostálgico; se suele aludir a la falta de responsabilidad, a la fantasía, a la seguridad, a las aventuras inocentes que derivan en aprendizajes y al cariño recibido por parte de los adultos. De todas estas descripciones, la más importante es la que hace referencia al apego, que es sin duda la columna vertebral de la felicidad infantil; dicho lo cual ¿qué sucede cuando un niño/a no se siente seguro/a, atendido/a y amado/a?

 

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El psicoanalista estadounidense René Spitz, acuñó el término Depresión Anaclítica para referirse al síndrome que sufrían los bebés de los orfanatos cuando se les privaba de cuidados relacionados con el apego durante el primer año de vida. Especificó que aquel bebé que estuviese más de cinco meses privado del afecto proporcionado por la figura maternal (actualmente se reconoce la paternal en igualdad de condiciones) sufriría de signos y síntomas relacionados con la depresión cuya manifestación se intensificaría a medida que ese período temporal se alargase.

La falta de amor durante ese período del desarrollo puede conllevar la muerte del bebé. Federico II El Grande (rey de Prusia) realizó un experimento que demostró esa fatal consecuencia; mandó construir un orfanato cuya orden era cubrir todas las necesidades de los bebés (aseo, alimentación, cuidados médicos…) excepto una: quedaba terminantemente prohibido proveer de cariño/amor a los infantes. La mayor parte de los bebés terminó falleciendo al poco tiempo.

En los antiguos orfanatos, a los bebés les costaba establecer lazos afectivos. Los signos apreciados (entre otros) eran los siguientes: retraso en el desarrollo psicomotriz, trastornos en el lenguaje, sistema inmunitario deteriorado que favorecía la aparición de enfermedades, etc.

Sin embargo, hoy en día la situación en los orfanatos ha cambiado (gracias a descubrimientos como el que llevó a cabo René Spitz) y las condiciones en las que se encuentran los bebés han mejorado notablemente. Además, se conoce que la Depresión Anaclítica es reversible. Proveyendo del cariño, el cuidado y la estimulación necesarias, el impacto de la institucionalización es amortiguado por la encomiable labor que realizan los profesionales a su cargo y/o los padres/madres de acogida.

Aún son muchos los países cuyos orfanatos están abarrotados y/o no cuentan con el personal y/o material suficiente para cubrir las necesidades de los menores; Como ciudadanos responsables, es nuestro deber luchar por la dignidad y el bienestar de las futuras generaciones.

“Los niños/as olvidarán determinadas palabras y acciones, pero nunca cómo se les hizo sentir” (anónimo).