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“Un día me desperté y no tenía ni ganas, ni fuerzas para moverme de la cama. Había sonado el despertador, lo que significaba que en menos de dos horas tendría que presentarme en mi puesto de trabajo, pero me daba igual… no me importaba…

 

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Siempre me había considerado una madre afectuosa, “cumplidora”, a la que nadie tenía nada que reprochar y todo el mundo admiraba por su capacidad de actuación: trabajar, hacer una lavadora diaria, planchar, preparar desayuno, comida y cena, duchar a mis pequeños, llevarlos al colegio, recogerlos, y escuchar un millón de veces la palabra mamá unida a alguna tarea surgida de las necesidades de mis niños.

Mi trabajo me gustaba, pero desde que tuve a mis dos hijos comencé a notar que era una rutina más, que estaba en un estado de agotamiento que consideraba “normal” los primeros años de maternidad. Mi marido trataba de ayudarme, pero al final yo quería controlarlo todo, ser una “supermadre”. Pero… se me cayó la capa, y el cansancio se fue convirtiendo en frustración, ésta en apatía y por último apareció un inmenso vacío que me negaba a aceptar porque: ¿de qué narices tengo yo que quejarme? Tengo una familia encantadora, un buen trabajo, un nivel económico promedio, un marido comprensivo y cariñoso… ¿por qué al pensar en ello me sentía aún más culpable? Ahí es cuando mi autoestima empezó a deteriorarse, me sentía culpable por todo, por quejarme, por estar mal, por estar irritable, por no atender a mis hijos como creía que debía hacerlo… y cada vez me iba alejando más y más de todo… incluso llegué a sentir la nada: no me sentía conectada emocionalmente ni con mi pareja, ni con mis hijos. Yo… que era ¡la madre “perfecta”! sintiendo lo que más tarde mi psicóloga y yo definiríamos como anestesia emocional. Hoy me pide que escriba mi experiencia, para llegar, no sólo a otras personas que pudiesen estar en una situación que yo tan bien conozco, sino también para compartirlo con el resto de psicólogos y así ayudar a comprender un poco más de qué se trata la maldita depresión.

Pues bien, mi resumen (cada cual tendrá sus propias vivencias) es básicamente que yo me agoté… tenía que haber pedido ayuda y, sobre todo, aceptarla… en lugar de cargarme todas las responsabilidades. Necesito tiempo para mí, ser una buena madre no significa olvidarse de una misma. He sustituido ese imaginario de supermadre y, además, ahora me desahogo y me atrevo a compartir con mi entorno de confianza lo duro que puede resultar encargarte de todo el mundo. Sé que mucha de la gente que vaya a leer esto pensará que soy una quejica, que nuestras madres, abuelas, tías, etc. se han encargado de su familia y no tuvieron depresión (eso era lo que me repetía yo una y otra vez), pero les digo que ya me da igual. Que no todas somos tan fuertes y que he dejado de recriminarme ser “debilucha”. Esta “debilucha”, ha pasado de no querer moverse de la cama, de costarle hablar, de no querer ver a nadie, de sentir una profunda pena que nadie entendía, a retomar su vida diaria con muchísimo esfuerzo (ese que no necesitan hacer los que están formados por una roca más dura). Así que soy valiente y, sobre todo, conozco mis vulnerabilidades.

¿Qué cómo es la depresión? Tú peor enemiga: te distancia de tus emociones, te aisla, te agota (aún más de lo que ya estaba), te impide explicarlo porque es un sentimiento que te punza por dentro, y ¿cómo le haces entender eso a alguien que no lo ha sentido nunca? ¡pensarán que me he tragado un cuchillo!; yo tenía un constante nudo en la garganta y sólo me apetecía llorar. Pensé en abandonarlo todo, en dejarme ir… ¡me consideraba tan tóxica para mi familia, tan inútil! Hasta que me medicaron y comencé a acudir a terapia psicológica. Hoy en día ya no necesito medicación, pero continúo yendo al psicólogo. Considero que dada la gravedad de mis síntomas, necesité tomarme esas pastillas, pero lo que marcó la diferencia fue tener que cumplir con las actividades pautadas en terapia (que los primeros dos meses consideraba un coñazo sin sentido). Un día, tenía unos minutos buenos, una semana después me lo había pasado bien una hora y en unos meses ya tenía días buenos y otros un poco “reguleros”. Como me decía mi psicóloga: “hay que hacer cosas no porque te apetezca, sino para que te apetezca”. Actualmente estoy mejor, acabando de recuperarme. Siento que he cambiado y voy por buen camino: vuelvo a actuar como una madre, pero ya no necesito ser la mejor.”

 

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