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La primera vez que le conté a mi tío que iba a estudiar psicología me contestó: ¡será como curiosidad! ¿luego estudiarás otra cosa, no?; Cuando se lo comenté a mis conocidos/as me dijeron que ellos no creían en la psicología, que eso no era una ciencia sino pura “charlatanería”… Los padres de mis amigas (economistas, médicos, periodistas…) me miraban aterrorizados cada vez que contestaba a la pregunta (obligatoria tras la selectividad): ¿qué vas a estudiar? “Psicología…” Ojos como platos, silencio eterno, contestación titubeante y yo sintiendo una vergüenza propia de alguien que comete algún tipo de acto condenado socialmente, aún no especificado en el código penal.

Pero, el colmo de los colmos, llegó cuando le conté a mi mejor amiga que iba a estudiar psicología y ella, actualmente profesora de matemáticas, me contestó: para hacer una carrera como esa es mejor que hagas un curso de PAPIROFLEXIA… me lo podía esperar de cualquier persona, menos de mi AMIGA… así que, en esos momentos, lo único que salió de mi boca fue espetarle con saña: ¡qué simple eres! (con tono de desprecio incluido); no nos hablamos durante horas porque a la futura matemática, cerebrito desde prescolar, le había llamado SIMPLE…

Y sí, lo era, pero también una adolescente ignorante (como todos/as) que tres años después se enamoraría como loca de un psicólogo (amigo mío) y comprendería, por fin, a qué nos dedicamos…

Cuando creces, te das cuenta de que la impulsividad “teenager” se convierte en una condescendencia latente, y entonces tus conocidos se dividen en tres grandes grupos: a los que les hubiese encantado estudiar psicología o les interesa especialmente esta disciplina (sobre todo en momentos de ruptura amorosa), los colegas de profesión y los que siguen considerando que tu trabajo consiste en estafar a la persona que tienes enfrente dándole palique una horilla a la semana.

Pero, ¿por qué tenemos tanta mala fama? Voy a tratar de sintetizar lo que pienso:

1º Historia de la psicología: la psicología, como ciencia que estudia la conducta humana, es un “bebé” que comienza a dar sus primeros pasos; si la comparamos con el resto de disciplinas científicas (nace oficialmente en el siglo XIX de la mano de Wundt), seremos conscientes de ello. Sí es cierto que, como hablar de psicología es hacerlo de la conducta, de la psiquis, de la emoción (esto es, de lo humano) …, es lógico que otras especialidades se hayan ocupado de su desarrollo (por ejemplo: la filosofía). Asimismo, al igual que sucedió en otros ámbitos de la salud, a la psicología le ha llevado tiempo conseguir comprender, CIENTÍFICAMENTE, cómo funciona el cerebro, que técnicas psicológicas utilizar para moldearlo teniendo en cuenta la base biológica, etc. Este camino ha servido para que, tras la falta de recursos terapéuticos propios de una disciplina incipiente, muchos pacientes acusasen a la psicología de simple charlatanería, sin embargo, no trataban de torturador al médico que amputaba el miembro infectado de su paciente cuando aún no se habían inventado los antibióticos… Hoy en día, somos una ciencia joven que en los últimos 60 años hemos desarrollado técnicas cuya alta tasa de efectividad está ampliamente documentada.

2º Términos: los psicólogos sabemos que la impresión cuenta, ¡y mucho!. Cuando escuchamos a un ingeniero hablar de términos que nos suenan a “chino”, enseguida pensamos: ¡Uauhh! ¡qué inteligente debe ser!, pero la mayoría de nuestro vocabulario (refiriéndome a aquel que transmitimos a los pacientes y conocidos/as) son empleados por todo el mundo: tristeza, afrontamiento, pensamiento, etc. y de eso, “todo el mundo habla y todo el mundo sabe”. A la gente le resulta difícil proporcionar el status merecido a una ciencia tan “a pie de calle”.

3º Individualidad: desde pequeños nos enseñan que cada persona es diferente, lo cual no deja de ser cierto, pero deriva en el error de pensar que la conducta de los individuos difiere hasta tal punto que no puede ser objeto de análisis científico. La tarea de los psicólogos/as aquí es la de explicar que la conducta es un continuo en el que cada persona se sitúa en un punto diferenciado, pero existen síntomas que, aún variando en intensidad, conforman trastornos psicológicos.

3º Mala praxis: hacer autocrítica también es necesario… una realidad vigente actualmente es que muchos/as profesionales de la psicología no se actualizan, no utilizan tratamientos basados en la evidencia o acaban incurriendo en aquello que tan mala fama nos ha ocasionado: la charlatanería (sin menospreciar el poder de la palabra).

4º Intrusismo profesional: la psicología se nutre y enriquece de otras disciplinas afines, y viceversa. Sin embargo, no es poco común escuchar quejas de educadores, pedagogos, y demás colegas profesionales al sentir que su puesto de trabajo es “usurpado” por un psicólogo. En este caso, comprensible teniendo en cuenta cómo se encuentra el mercado laboral, sólo me queda dar las gracias a todas esas especialidades científicas que nos aportan y a las que, sin ninguna duda, la psicología completa.

Por último, quiero decirle a todos aquellos que trataron de evitar que me convirtiera en psicóloga, lo mucho que me alegro de haberles ignorado; que la vergüenza se esfumó hace años y gracias a persistir en mis deseos ahora vivo con un sentimiento de autorrealización que me hace disfrutar de mi trabajo y esforzarme por ser cada día mejor profesional. También me gustaría contarles que he tratado con éxito: agorafobias, trastornos de pánico, depresiones, fobias… con técnicas que no sólo van más allá de la charlatanería sino que ayudan a aliviar el intenso sufrimiento y desesperación con las que los pacientes acudían a mi consulta. Que me expliquen mis conocidos/as cómo los tratarían ellos a través de la charlatanería, que si resulta efectivo quiero que me enseñen el método, porque yo, si algo tengo claro, es que antes de criticar es necesario informarse BIEN.

Por último, quiero dedicar este artículo a mi madre, esa que me dijo: “estudia lo que quieras, lo que creas que te va a hacer feliz, pero, hagas lo que hagas, trata de ser de las mejores”. Gracias mamá, hoy soy feliz y lucho a diario por superarme, porque, al contrario de lo que muchos/as piensan, a mí sí me importan mis pacientes, todos y cada uno de ellos/as.

“He encontrado el significado de mi vida al ayudar a los demás a encontrar en sus vidas un significado” (Victor E. Frankl).

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