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Según el criterio fijado por la Organización Mundial de la Salud (OMS), se calcula que un 2,2 % de la población cuenta con altas capacidades intelectuales. Sea por motivos hereditarios o por el entorno en el que se educan, existe una capa poblacional con un extraordinario potencial de aprendizaje y en ocasiones unas sensibilidades distintas al resto; niños que se aprenden cuentos de memoria antes de aprender a leer, pequeños que con seis años ya practican en la bañera el principio de Arquímedes, hijos que se preguntan con cinco años cómo solucionar el agujero de la Capa de Ozono, jóvenes egiptólogos con 12. Parecen ejemplos ficticios para dibujar una realidad, pero la paleta que se ha utilizado es tan real como la existencia de estos pequeños.

 

Solamente a título meramente enunciativo; utilizando los criterios de la CIE-10, existe un porcentaje muy similar en el número de niños afectados por TDAH cuya prevalencia es del 1,5%. A pesar de que ambos grupos representan un porcentaje muy similar dentro del grupo de alumnos. Existe una detección temprana e incluso un sobre diagnóstico sobre el que alertan ya algunos expertos   de niños con TDAH, mientras que las cifras de niños detectados con altas capacidades intelectuales son muy reducidas en comparación con las estimaciones de los expertos. Nos encontramos pues que los grandes olvidados de la educación son aquellos cuya aportación puede ser crucial en momentos coyunturales complicados; existiendo en torno a ellos un profundo desconocimiento que genera problemas de desarrollo en su capacidad por lo que todavía se tienen que superar importantes barreras para una adecuada atención a estos niños.

 

Aunque los niños con altas capacidades intelectuales constituyen un pequeño porcentaje no estamos ante un problema trivial, ya que la falta de apoyo y estímulo a estos niños supone un doble y paradójico fracaso del sistema educativo.

En primer lugar, porque impide y niega el éxito a los alumnos que, teóricamente al menos, podrían alcanzarlo más fácilmente, con consecuencias adversas para el propio niño, que, al no encontrar un contexto ajustado a sus necesidades, corre el riesgo de desvincularse del sistema y sufrir un proceso de marginalización, a pesar de sus pontencialidades.

En segundo lugar, supone un fracaso para la propia sociedad, ya que implica la pérdida de recursos humanos valiosos para el impulso del país, en todas las áreas: ciencia, investigación, arte, etc.

La actual Ley Orgánica de Educación (LOE, 2006), reconoce, de forma precisa, el derecho de todos los alumnos con alta capacidad intelectual a una educación distinta y, a diferencia de las leyes orgánicas anteriores, contempla todas las especificidades que constituyen el término general de altas capacidades intelectuales (superdotación, precocidad intelectual, talento simple, talento compuesto, etc.).

No obstante, a pesar de estos avances a nivel legislativo, la puesta en práctica de esta norma dista mucho de alcanzar las esperadas metas. Tenemos un sistema educativo inflexible que está diseñado para niños “promedio”; que centra sus esfuerzos en la compensación de déficits, dejando de lado la atención de las altas capacidades; que posee un sistema de adaptaciones curriculares que no resulta eficaz la hora de realizar adaptaciones curriculares para los alumnos altamente capacitados y no presenta una coordinación adecuada entre los distintos profesionales que integran el sistema educativo.

La actual legislación no prevé otra cosa que no sea la promoción de curso (aceleración). Es innegable que un niño con un alto cociente intelectual se aburren las clases, pero la solución no radica en la promoción ya que puede generar problemas de sociabilización importantes.

La actual legislación además carece de programas de identificación temprana de estos niños a nivel nacional, basados en instrumentos válidos y fiables. El mantenimiento de esta perspectiva nos enfrenta a que que la mayor parte de los niños con altas capacidades no son detectados en los centros escolares de nuestro país –en concreto, según datos del Ministerio de Educación, Cultura y Deporte, en España hay 300.000 alumnos escolarizados con aptitudes intelectuales superiores a la media, el 99,4% de los cuales no se ha identificado (Alumnos precoces, superdotados y de altas capacidades, 2000)-, y, cuando son detectados, no reciben la atención y respuesta necesaria por parte del sistema educativo.

Las familias que tienen un hijo ‘diferente’ por su alto potencial normalmente se encuentran en una situación de inseguridad. No encuentran la ayuda necesaria para canalizar el mencionado potencial. En muchas ocasiones la escuela se convierte en un freno.

Los/las niños/as de altas capacidades intelectuales sufren, con cierta frecuencia, acoso y maltrato psicológico en los colegios tanto por parte del alumnado como del profesorado. La alta inteligencia es un tema que no se soporta fácilmente y aparecen las envidias y la falta de entendimiento en el entorno de la persona destacada en este sentido.

En los centros escolares diseminados por todo el territorio nacional no existe una preparación específica para los docentes en materia de altas capacidades. La frase ‘tú no contestes que ya sé que te lo sabes’ es una constante que provoca marginación y falta de estímulos. “

Sería deseable que las políticas de educación apostasen por responder a las necesidades de todos los alumnos, con el fin de promover la igualdad de oportunidades y permitir que todos los jóvenes desarrollen su potencial al máximo, apostar por la excelencia en los planes y programas de aprendizaje con un compromiso y preocupación política hacia la atención a las altas capacidades.

Basándose en esta premisa, el Consejo de Europa hizo pública la Recomendación

1248 sobre la Educación de los Alumnos Superdotados (Comisión de Cultura y Educación del Consejo de Europa, 1994), en la que establece que: “los alumnos superdotados han de poder beneficiarse de las condiciones educativas apropiadas que les permitan desarrollar plenamente sus capacidades, por su propio bien y por el de la sociedad en general. De hecho, ningún país puede permitirse malgastar talentos, y se estarían malgastando recursos humanos si no se identificasen a tiempo las potencialidades intelectuales o de otro tipo. Para ello es necesario contar con las herramientas adecuadas”

Desde nuestra perspectiva de trabajo apostamos como tantas asociaciones, fundaciones y familias afectadas por una evaluación temprana y específica a todos los niños de la comunidad educativa como recurso prioritario y preventivo que “nos permita conocer las distintas capacidades de los mismos y establecer un mapa de aptitudes de cada alumno para poder diseñar el programa de intervención psicológica, educativa y social que les aporte las herramientas más adecuadas para estos niños/as y adolescentes con altas capacidades intelectuales.

 

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